21.3.12

Lost

Just because I'm losing
Doesn't mean I'm lost
Doesn't mean I'll stop
Doesn't mean I would cross

Just because I'm hurting
Doesn't mean I'm hurt
Doesn't mean I didn't get
What I deserved
No better and no worse

I just got lost
Every river that I tried to cross
Every door I ever tried was locked
Ohhh and I'm...
Just waiting 'til the shine wears off

You might be a big fish
In a little pond
Doesn't mean you've won
'Cause along may come
A bigger one

And you'll be lost
Every river that you tried to cross
Every gun you ever held went off
Ohhh and I'm...
Just waiting until the firing stopped

12.3.12

Las putas casualidades

Nunca olvidaré aquel viernes de marzo. Ése en el que por fin me aventuré a determinar qué pasos iba a seguir. Me encontraba buscando trabajo sin éxito alguno debido (entre otras cosas) a la crisis del momento. Era el momento de diferenciarse. Por la mañana un comercial me medio convenció de hacer un MBA, master entre los masters. Estoy seguro de que si no hubiese aceptado, durante los siguientes meses, ese trato no me encontraría en el despacho donde estoy ahora. Fue casi cuando acabé ese master, cuyo temario tan poco me convenció, cuando coincidí inesperadamente con Ramón. ¿Quién nos iba a decir por aquel entonces que todo nos iría como nos está yendo? Aquel mismo día, antes de que llegara la tarde, recibí una llamada de Mariona. Ése fue el primer fruto de tan frustrante búsqueda de trabajo. Quedamos para una entrevista la siguiente semana. La dinámica de grupo fue fatal pero supe desde el primer momento que la vi personalmente, que me la tiraría. Era raro cómo sonreía mientras me miraba, después de hacer sus anotaciones. Esa sonrisa es la que aún hoy me quita el sueño. Todo con ella pareció diferente, al igual que con la parte profesional. De repente, todo se desató y, simplemente, comenzó a fluir hasta el día de hoy. Y... ¡no me puedo quejar! "No se pueden unir los distintos puntos mirando para adelante; se pueden unir únicamente mirando hacia atrás". Y solo es ahora cuando puedo unir cada una de mis decisiones a lo largo de los últimos 30 años que han dado como resultado mi situación actual. Ahora, sentado, pienso en las buenas decisiones que he tomado a lo largo de mi vida. Así intento trazar una narración que pueda resultar interesante para los jefes de las mayores empresas del país que vendrán esta tarde a mi seminario en la universidad donde, junto con mis compañeros y casi sin querer, todo comenzó. 

7.3.12

Everything's not lost

Entre tantos gritos en el metro, suben dos personas hablando sin emitir un solo sonido. Ahi se encuentran con una tercera, con la que se deben dirigir, juntos, a algún sitio determinado. Se saludan dándose besos entre sí, también sin sonido alguno. Me parece curioso como las nuevas tecnologías para nada influyen en estas comunicaciones por símbolos y también veo curioso como uno de los interlocutores, como si de un partido de tenis se tratase, sacude la cabeza a lado y lado para chequear si el otro decide intervenir en la conversación. Se rien a carcajadas sin ruidos estúpidos. Sin ruidos. Este tipo de comunicación es el único (aunque mucha gente lo encuentre imprescindible en otros) que hace falta contacto visual para producir la comunicación. El único en el que solo necesitas cerrar los ojos, o lo que es peor, mirar a otro lado para desentenderte. El único en el que en silencio puedes hablar a gritos, interrumpir o incluso hablar por encima del otro para que así no puedas oír a nadie. Eso está claro, no oirás a nadie. No oirás nada.

23.2.12

29.1.12

Domingos por la tarde

Ocurre después de la comida. Tras el tortel, el café, el carajillo. Al mismo tiempo que una brutal somnolencia hace su aparición, cuando las conversaciones llegan a un callejón sin salida y se apagan hasta los rumores de la casa de al lado, esa donde siempre hay un bebé que nunca acaba de crecer. Llega de pronto, como una niebla espesa, más espesa que el humo del tabaco y los puros y se aposenta encima de la mesa del comedor en la que ya no caben más migas ni restos de comida, como un batracio satisfecho a partir de las cinco de la tarde, justo cuando uno está pensando en tomar otra café. Es la tristeza del domingo por la tarde, ese estado entre la melancolía y la pura pena que ataca a todo bicho viviente entre los tres y los noventa y tres años. Ese estado que, en los países nórdicos, contabiliza más intento de suicidio que en ningún otro momento de la semana. Ese estado que condujo a Proust a meterse en la cama y a no querer salir por más magdalenas y é que Céleste le trajera. Esa extraña congoja que empuja a mucha gente a invertir los patrones del tiempo y a intentar con desesperación prorrogar el sábado hasta el martes y a poblar los alter que abren el domingo al mediodía. Esa mezcla de vagos recuerdos de infancia llenos de relamidas voces de locutores deportivos y horribles sintonías que llenaban el patio de vecinos y cuadernos escolares con deberes a medio hacer y la sensación de empezar todo de nuevo y el miedo a que nuestros amigos del viernes hubieran formado otras alianzas durante el fin de semana y ya no nos «ajuntaran» el lunes y miedo también a que la señorita hubiera olvidado nuestros nombres.

Domingos por la tarde en ciudades desconocidas, en hoteles con moquetas imposibles y habitaciones con baños de color marrón que te empujan a pasear por bulevares vacíos con tiendas cerradas y gente que bebe sola en cafés a punto de cerrar.

Domingos por la tarde en agosto donde la ebriedad de sentir la ciudad para uno solo es reemplazada por el vértigo de tener la ciudad para uno solo.

Domingos de adolescencia a la salida de la Filmoteca, después de ver una película de Bergman (que en sus memorias hace varias referencias a la tristeza suprema del domingo por la tarde) que nos zarandeaba hasta la médula y que nos empujaba a partes iguales hacia el deseo de hacer cine y hacia el cementerio.

Domingos de invierno en una estación de metro en Brooklyn, donde un hombre negro alto como un jugador de baloncesto empezó de pronto a darse cabezazos contra una columna de hierro hasta abrirse la cabeza mientras aullaba: «Odio los domingos, Dios, cómo odio los domingos», y la gente desde el andén de enfrente chillaba: «Sí, hermano, ¿quién no?». (Las huellas de la sangre quedaron durante mucho tiempo en esa columna.)

Y, sin embargo, hasta la tristeza del domingo por la tarde tiene cosas buenas. Conozco parejas que se han conocido compartiendo ese miedo a la tarde del domingo. Conozco gente que empieza una novela siempre en domingo. Otros, durante el rodaje de una película, deciden empezar a rodar justamente en ese momento, dado que, a efectos del a complicada contabilidad ancestral del departamento de producción, cuenta como lunes.

Existen también personas que dicen no sentir nada especial esa tarde, que afirman que lo que a ellos lo que de verdad les deprime es el miércoles por la tarde o el jueves por la mañana. Pero es cosa sabida que hay gente que haría cualquier cosa por ser diferente a los demás, hasta fingir una alegría que no sienten un domingo por la tarde.



Isabel Coixet

4.1.12

Febrero-Marzo '12

"Hemos terminado de grabar nuestro quinto disco. Once canciones nuevas en castellano. Todavía sin título. Estamos orgullosos y felices."
 
Marlango

3.1.12

Cambios

Donde antes había nubarrones, ahora hay claros
Donde antes veía negros, ahora descubro blancos
Donde antes no paraba de llover, ahora luce el sol
Donde antes no paraba ni un momento, ahora busco entretenimiento
Donde antes aprendía, ahora desaprendo
Donde antes creía, ahora desconfio
Donde antes me despedía, ahora me reencuentro
Donde antes me rendí, ahora lucho
Donde antes despreciaba, ahora ignoro
Donde antes había silencio, ahora suena música
Donde antes había soledad, ahora hay (buena) compañía
Donde antes perdía, ahora gano
Donde antes había certeza, ahora hay incertidumbre
Donde antes había preguntas, ahora encuentro respuestas
Donde antes aparecía la cobardía, ahora se encuentra la valentía
Donde antes había desinterés, ahora hay pasión
Donde antes encontrabas dolor, ahora solo hay olvido

2.1.12

Quemando tus recuerdos

Vivir a la deriva
sentir que todo marcha bien
volar siempre hacia arriba
y pensar que no puedo perder.

(...)

Y vivir, qué cuesta arriba
Y sentir que no sé qué hago aquí
Y andar siempre arrastrado
Y perder, que no puedo pensar.

30.12.11

What's love?

"(...) because loving someone is helping them when they get into trouble, and looking after them, and telling them the truth, and Father looks after me when I get into trouble, like coming to the police station, and he looks after me by cooking meals for me, and he always tells me the truth, which means that he loves me."

The curious incident of the dog in the night-time

19.12.11

Con más ganas que nunca...

...de que acaben estas fiestas navideñas que aún no han empezado

16.12.11

Cocido escocés. Juan José Millás

Aquella chica venía de llorar como otros vienen del trabajo. Coincidíamos en el metro, cuando yo volvía a casa de la oficina. Me pasaba el viaje observándola disimuladamente, fantaseando sobre las razones por las que había llorado esa jornada, en el caso de que no llorara siempre por las mismas. Ella permanecía abstraída en un rincón, siempre el mismo, ajena a todo, a todos, hasta que una voz interior la avisaba de que había llegado a su estación. Entonces abandonaba el tren y se diluía entre la gente como la columna de humo de un Camel. Tuvo un abrigo gris que le duró seis inviernos y una falda escocesa que solo se ponía los viernes, el día en el que en mi casa se hacía cocido para comer, de modo que los cocidos me saben aún a falda de cuadros y las faldas de cuadros a cocido. Cuando cambió de abrigo, yo le di la vuelta al mío, que tenía cinco años, porque me pareció que era el momento de renovarse o de morir y no tenía una pistola a mano, ni siquiera un maldito frasco de somníferos. Creo que nunca reparó en mí ni en mi pena, mi pena por ella y por todos los que veníamos a aquellas horas (las nueve de la noche) de ganarnos la vida, o de perderla. Cómo saber si aquello era esto o lo otro, aún no lo sé.
Un día dejó de aparecer y no volví a verla, aunque la busqué por todo el convoy, por si hubiera cambiado de vagón, que es como cambiar de costado cuando no coges el sueño. En cuanto a mí, también la vida me condujo a otras líneas del metro y así pasaron los años. La semana pasada, volví a encontrarla, en la línea 5. Pese a los años transcurridos (30 o más), la reconocí al primer golpe de vista, pues de cara al menos no había cambiado demasiado. Noté que también venía de llorar, lo que me proporcionó una desazón enorme. Me pareció que llevábamos los dos toda la vida en el metro, casi con los mismos abrigos.
EL PAIS, 16-XII-2011

8.12.11

Cambios


Con el paso de los años me volví más terco y testarudo. Nunca me daba por vencido hasta llegar a conseguir todas mis metas. Quizá me convertí también en más cascarrabias. Dejé de entender, de pronunciar y de escuchar la palabra “no”. Comencé a pensar diferente, a mirar la realidad desde otro punto de vista. Luego me di cuenta, dejé de pensar tanto y empecé a actuar. De un tiempo a esta parte valoré mi propia opinión en mayor mesura y la apliqué siempre que pude. Dejé de prostituirme por unos cuantos billetes de más con una vida de menos. En la misma medida, abandoné los hábitos que me habían llevado a gastar y gastar sin mesura. Escuché más y valoré de forma diferente a todas esas personas que me rodean. Invertí la cantidad de tiempo que les dedicaba y, en consecuencia, cambié mis prioridades vitales. La idea de tener hijos pasó de una negativa sin vuelta de hoja a una realidad en unos pocos años. Aprendí a no venderte, a ti, por un trabajo absurdo. Por último, olvidé la idea de pretender cambiarte (con el ticket de compra).

1.12.11

The Office (UK)


La gente del trabajo es un grupo de personas con las que te han juntado. No los conoces. No los elegiste. Y sin embargo estás más tiempo con ellos que con tu familia o amigos. A pesar de que lo único que te une a ellos es que paseas por la misma alfombra durante 8 horas al día. Y aún así, puede surgir alguien con el que te conectas.

La vida no es sobre finales, ¿verdad? Es una serie de momentos.

Un filosofo dijo una vez, “Se necesitan tres cosas para tener una buena vida. Uno, una buena amistad. Dos, un trabajo decente. Tres, marcar la diferencia”

28.11.11

Christmas Advert






Éste es (de momento) mi anuncio preferido de estas navidades. Es de John Lewis, una especie de El Corte Inglés británico. No sé qué será que hace que (algunos) anuncios sean tan buenos. Seguramente el presupuesto. Éste convence a los mejores creativos. Y éstos convencen a los mejores actores, fotógrafos, cámaras, realizadores...

Oiga usted, no lo sé. Pero este anuncio me parece una obra maestra. 

(Casi 3 millones de visitas en youtube en menos de tres semanas)

10.11.11

Difuntos. Juan José Millás

A los 60 años de edad, a los 75 años de edad, a los 81 años de edad, a los 93 años de edad... Las calles del cementerio repiten como una cantinela la edad de los ocupantes de los nichos y tumbas que si de algo carecen ya es precisamente de edad. Desde que expiraran, cumplen los años al revés. Fallecido a los 70 años de edad, a los 55 años de edad, a los 35 años de edad... De súbito, el ritmo se quiebra y aparece un muerto de 20 años de edad, o de dos años de edad, incluso de unos meses o unos días de edad. Se libraron de la vida, o se la perdieron, no hay forma de adivinar qué habría sido de ellos o de nosotros si hubieran resistido hasta los 95 años de edad y hubieran tenido descendencia de equis años de edad...
Abundan las flores de plástico, que no presuponen un muerto artificial, ni siquiera un dolor falsificado. Tampoco las frescas son la prueba de un difunto auténtico o de unos deudores genuinos. La arquitectura mortuoria, tan monótona y pese a ello tan diversa, genera también diseños emocionales tópicos e inauditos a la vez. Se va uno volviendo de mármol a medida que recorre los callejones de la necrópolis.
Tú mueres extrañamente en los difuntos mientras ellos reviven extrañamente en ti. En cuanto a los nombres, muchos evocan el de algún familiar o amigo, el de algún adversario, muchos muertos se llaman como tú y tuvieron de vivos las edades por las que tú has pasado.
Llama la atención sin embargo que una mujer, de nombre Prudencia, falleciera a los 18 años. Quizá no era tan cuerda como sugiere su nombre.
Por encima de la tapia asoma de pronto el cartel de una autopista en el que aparece escrita, sobre el fondo azul característico de estas señales de tráfico, la siguiente leyenda: "Todas las direcciones". ¿Todas?
EL PAIS, 04-XI-2011